Para Morena Segades Porta, señora de la magia y los espejos y el resplandor temblando en las glicinas.


© Norma Segades-Manias
Junio 2010

Introducción

Allá, por los follajes y las sombras, se adivinan los rastros de las hadas.
Aquí, en un costado de tu risa, es como si la vida desatara los moños a tus trenzas.
Ven Morena.
La Maga ha comenzado a tejer nuevamente la urdimbre de los mundos que vino a regalarles.

Hadas de las colinas.

En la primera edad de la esperanza convivían con elfos y dragones, mariposas y endriagos. Jugaban a esconderse entre el polen que flota sobre las almudenas. Cuando aún no existían las campanas y no había sonidos que quebraran la magia del crepúsculo, la raza de los hombres y mujeres todavía no había sido gestada en la palabra oculta de la luz y nadie osaba pronunciar sus nombres.
Mucho tiempo después debieron refugiarse en el dominio de las nomeolvides y mudaron su pueblo debajo de la tierra. En colinas cubiertas por muscíneas y verdes trebolares. Después. Mucho después. Cuando la oscura fase de la sombra.
Los antiguos relatan que en sus feudos todo recuerdo torna en desmemoria, que retienen el tiempo para siempre en esferas sin números ni péndulos, que ni siquiera existen los cumpleaños y es siempre enero. Eternamente enero.
Cuentan que existen noches en que se abren los pórticos que miran al oeste y ellas salen danzando en largas caravanas, rodeadas por su corte de luciérnagas.
Que un temblor de narcisos y magnolias les ciñe la cintura mientras liras, oboes y laúdes estremecen la esencia de los sueños.
Si alguna vez te invitan a palacio, a compartir con ellas el banquete que da comienzo cuando raya el alba, tendrás que rechazarlo con la voz que utilizas para decir nogracias.
Porque el olvido es una urdimbre densa que impide los caminos del regreso.

Los caballos salvajes.

Solamente los ojos puros de las doncellas pueden verlos vagando por los bosques, ocultos en la hondura del silencio, libres como los vientos del otoño entre las arboledas.
Galopan los arroyos salpicando de espuma los helechos, sacudiendo las crines sobre el cuello, bufando la inquietud desde los belfos, piafando la sospecha detrás de la maraña… Porque siempre establecen la cautela. Ella es su fortaleza, su refugio, el baluarte insondable que su especie no rinde a la mirada de la raza humana, la que perdió sus privilegios por corromper las leyes
Los cubre como un manto la esfera del misterio, ese ambiente poblado por los granos que expulsan las anteras para reproducirse. Porque la vida gira en remolinos junto a sus cuerpos briosos, nacidos de una estirpe de leyendas.
Son airosos, magníficos, de sangre aristocrática. Blancos como azucenas o rododendros blancos debajo de la nieve.
Los poetas les cantan en las noches de luna, cuando la luz se filtra en los ramajes y destella en el asta que les nace en mitad de la frente. Aunque no puedan verlos porque ha pasado el tiempo del asombro.
Si alguna vez la luz los proyectara en el descalzo espejo de tu sueño, no dejes que te vean. Tus ojos de ternura inusitada podrían capturarlos.
Y ellos sucumbirían si les quitan la magia escondida en su cuerno.

La güestia.

La noche de San Juan, apenas traspasados los portales de la hora en que nacen los hechizos. Cuando aún no se apagan los sonidos de las doce campanas que moderan el pulso en los relojes, la estirpe de los hombres presiente su llegada.
El oscuro cortejo de las almas en pena.
Ahuecadas, sus voces en susurro recitan los rituales, anuncian el encuentro con los miedos.
El linaje expulsado huye de los caminos porque la procesión de los difuntos huele a condena, a escarmiento huele, huele a exilio… y nadie queda a salvo cuando ella llega a pronunciar ausencias.
La santa compañía que atravesó los mares en la imaginación de los olivos.
Los perros congregados alrededor del agua de las fuentes aúllan a la noche porque recuerdan las primeras lunas y su herencia de sangre primitiva exhibiendo colmillos.
Dos filas, dos columnas de espíritus vestidos con sudarios, con las plantas descalzas.
Los guía un ángel triste.
En caso de encontrarlos no les mires los rostros. No les mires.
Y enséñales la cruz de tus ancestros donde el señor del sol dejó su anillo. Y repite una a una las palabras que dejaron escritas los antiguos para ponerte a salvo de todos los hechizos.

La diosa-pájaro.

Suele adoptar la forma de una dama. Lleva un pájaro negro sobre el hombro derecho y espera en los remansos.
Es la antigua guardiana de los muertos.
Tiene los ojos rojos como un río de fuego porque le ha sido dado lavar en los torrentes la ropa de guerreros caídos en batalla, expatriados al este de los sueños.
Lavandeira da noite. Así la llaman.
Duerme en el monte donde los olivos sepultaron el rastro de los dioses, al noroeste de la antigua luna, donde nacen los vientos.
Anu es el primero de sus nombres.
Mucho antes que el Creador del Tiempo nos vedara la magia, aún era posible percibir su silueta, su perfil de tragedia merodeando en la orilla de los ríos, golpeando los ropajes contra duros peñascos.
Morrigan de Landdark, dueña y señora de las pesadillas. Mujer del mundo viejo. Diosa pájaro. Acompañando el tránsito de la sombra a la luz, profetizando el plazo de todas las ausencias.
Si giras nueve veces alrededor del círculo de piedras se cerrarán los pórticos y ella ya no podrá perturbar tu descanso. Se volverá invisible como las otras gentes que habitan los lejanos territorios de sus reinos secretos. Estarás siempre a salvo de los miedos.
Pero esa cobardía despojará tus pieles del asombro y la magia. Para siempre.

La dama verde.

Pertenece a la raza de las aladas hijas de la tierra. Se afinca en espesuras cercanas a los bosques o paredes de fosos y castillos que miran hacia el sur.
Tal vez entre los mármoles quebrados de antiguos cementerios. Siempre en el sitio exacto donde las nieblas trepan las mañanas con sus dedos de calmas y sigilos.
Contaban los abuelos que en la maraña de su pelo rojo se extravían las almas de los elfos.
Surgió en los torbellinos de las primeras luces, desde el útero mismo de una luna perfecta, antes de que el silencio pronunciara los nombres de la vida.
Tiene ojos de esmeralda y sonrisa traviesa.
Una vez, cuando andaba la inocencia corriendo por mis venas y sólo el corazón era el amo y señor de mis miradas, pude ver el contorno de su rostro hundido en las texturas de la hiedra. En la pared de musgos y yesqueros. Cercana a los racimos bien olientes. Donde dormían los diamelos.
Vigila el mundo atávico en el que afloran identidad de frondas, de florestas.
A veces se enamora de los hombres y aguarda a que la noche le permita hallarlos en la médula del sueño para robar su savia, sus semillas…
Entonces secretea, enciende pájaros, establece susurros de raíces, de campos satisfechos, de septiembre hecho lluvia despeñándose en pactos renovados y aromas y frescuras y promesas. Embriagada de luz y primavera es feliz como nunca.
Y nacen de su risa todas las mariposas.

Las esferas de fuego

Las llaman fuegos fatuos, damas de las antorchas o limníades, aquellas que iluminan…
Son pequeñas burbujas. Glóbulos donde el fuego engendra nuevas luces que engendran nuevas luces.
Los seres que habitaban la génesis del tiempo las pensaron como almas que aguardan un castigo. Espíritus sin tiempo errando los caminos al caer de las sombras.
Pero ellas pertenecen al reino de las hadas.
Tienen identidad de patrocinio, de confraternidad, de intermediario entre la omnipotencia de los dioses y las necesidades de los hombres.
Bajo su influencia el vientre de la tierra, con sus frutos, sus flores, sus promesas, afina melodías en la profundidad de los torrentes.
Si hay nubes avanzando a contracielo sobre la palidez de las estrellas es posible que quieran revelarte su esencia de violetas.
Porque cuando el amor paseaba su inocencia por las ondulaciones montieleras, supieron visitar a los antiguos que andaban concibiendo los días de tu sangre.
Era la edad en que las apetencias saqueaban las entrañas de los bosques.
Formaron en parábola su corro iluminado, estrecharon los lazos de cintura a cintura y cubrieron su espalda, como un manto.

Las guardianas del fuego

Las llaman salamandras.
Apasionadas, puras, incansables, encarnan la energía del espíritu que se engendra en las llamas. Duermen en los volcanes, en las lenguas de lava, en todas las candelas, en las fraguas.
Son las hadas salvajes, predecesoras de las divinidades.
Su omnipresencia ya era confirmada cuando sólo la voz de los peñascos trenzaba y destrenzaba los hilos de la vida en el idioma de los primordiales, que las fundó guardianas del secreto.
Si quieres convocarlas, recurre a la memoria del olivo.
Conocen la liturgia de todas las especies para impedir que el monstruo de la sombra se devore a los hombres. Las ceremonias del renacimiento, de la sabiduría ascendiendo en la piel de las estrellas. Las palabras precisas que las nombran mushuk nina, kawsay, pentecostés. Y las invocaciones a los altos patriarcas del alba, de los muertos, de la renovación en las matrices oscuras de la tierra. Y la antigua plegaria a aquel que habita en la mitad del mundo, en el mar, en las nieblas, en las nubes, señor de las hogueras.
Renacen del dolor y las amputaciones con el mismo entusiasmo que estremece su esencia mientras danzan la fiebre, la vehemencia heredada a través del solsticio.
Nunca fueron amigas del pueblo desterrado al este de los fuegos.
Nunca fueron amigas.

Espíritus del agua

Transponiendo la frontera de lluvia que establece la verticalidad de las cascadas, llegas a sus dominios.
Pero puedes hallarlas en lagunas, torrentes, arroyuelos, manantiales.
Las ondinas son hijas del rocío.
Protegen el linaje desterrado al levante. Lo cobijan debajo de las olas hasta que las tormentas se disipan y el cielo recupera su sosiego.
Si las leyes talladas en la piedra no lo impiden, si las voces no fallan en contrario, acercan a la orilla de la vida los cuerpos desvalidos de los náufragos.
Vigilan que los ríos no se salgan de madre y ahoguen los sembrados y saqueen los sueños de los hombres que viven justo al borde de su furia.
Duermen en las cavernas que excavaron las zarpas de pleamares y menguantes.
Calzan vestidos largos donde imperan los verdes. Y nadie puede verlas. Tan sólo adivinarlas. Adornan sus cabellos con los jacintos de agua que los antiguos llaman aguapé en su idioma de selva enmarañada.
Desde la soledad, desde el silencio, desde las narraciones que atestiguan sus esencias furtivas, se desnudan y cantan. Canciones como salmos o aleluyas. Como himnos de alabanza que cautivan el alma de quienes las intuyen flotando, a la deriva, sobre la extravagancia de los sueños.
¿Las escuchas Morena?
Están llenas de gracia.

Los corceles del viento

El padre de los dioses fue su padre.
Blancos como la nieve, tienen la alzada de los potros árabes, su fuerza, su nobleza y unas enormes alas emplumadas que sostienen sus vuelos.
Los dueños de tu sangre podían observar, en la alta noche, su sitio en las estrellas. La gran caballeriza donde duermen su destino de siglos. El establo galáctico a cuyos pies transcurren Casiopea y Andrómeda.
Son los hijos dilectos de la luz.
Desde tiempos remotos encienden el levante, conduciendo el carruaje de la vida. A su paso se extinguen las tinieblas y sobreviene el renacer del mundo. Custodian los fulgores del relámpago y el retumbar del trueno que amedrenta a la raza de los hombres porque son los emblemas del castigo.
Nadie puede montar su aristocracia.
Recibieron su nombre cuando el primero de su especie golpeó la complexión de los peñascos con cascos impacientes y así parió el origen la textura del agua.
Cabalgan por el cielo con tanta dignidad como elegancia. Por encima de nubes y montañas, leyendas de olivares y lenguajes antiguos, se adivina el susurro de sus belfos bufando lo impetuoso de su sangre, sus crines embriagadas de vientos y distancias.
Aunque los expatriados de la magia confundan sus figuras con las nubes que pasan.

La diosa Ainé

Hace muchas infancias contaron los ancianos acerca del alcance de su hechizo.
Con las voces del olmo, de robles, de castaños, desceñían historias donde el alma labriega alzaba sus altares la noche del solsticio de verano.
Las voces eran velos de morriña rescatando aquel cielo de estrellas tan distantes cuyos nombres tejían otros signos. Otros enigmas. Otras providencias. Otras alegorías. Otros mitos.
Por entonces la maga no sabía que era tan necesario resguardar la memoria de su raza. Los vestigios de sangre campesina alimentando el fuego en sus antorchas hechas de paja y heno. Peregrinando en torno a su colina. Corriendo sobre campos de cultivos. Invocando el prodigio de su gracia.
Protectora de siembras y rebaños. Custodia de los vientres fecundados.
Por entonces la maga no sabía que su misión sería recordarla. Preservar los conjuros que siempre la fundaron como diosa y señora del amor. Mientras la luna llena o los eclipses la cubrían con mantos de ceniza. Mientras la plenitud de las mareas.
Las voces no podían olvidarla.
Bajo el agua del lago custodiado por piedras verticales se presienten los muros de cristal, las torres transparentes, el trono que los druidas tallaron en la piedra. Ella peina en silencio su larga cabellera con un peine dorado.
La diosa Ainé, señora de las hadas.

Mensajeros del cielo.

Desde el principio de los tiempos, desde el parto de todas las edades fueron los mensajeros de los dioses. Perpetuos mediadores entre los celestiales y la raza que fuera perseguida por la espada de fuego. Al naciente del árbol de la vida. Donde la maldición y la serpiente.
Aunque dotados de apariencia humana, un par de alas con plumas color nácar crecen sobre la curva de su espalda.
Sus ojos, espejos de la lluvia, usurpan el matiz de los océanos, el tinte de las selvas, el tono de la tierra y los peñascos.
Su sexo es apenas un enigma que silencian debajo de los párpados.
Fueron nombrados con su nombre eterno antes de que la luna se ausentara. Antes de aquel eclipse formidable ocultando el dolor de la caída. Antes de las condenas al abismo y la vergüenza y el orgullo herido. Mucho antes.
Cantan hora tras hora el dulce canon de sus alabanzas.
Son hijos del amor y la esperanza. Del verbo hecho palabra. El que auguró otro reino detrás del horizonte. Ese que fue paloma sobre el río. El que fue zarza ardiendo al pie de la montaña. El que fue ofrenda, cordero en sacrificio, vísceras sobre el ara.
Habitan en la orilla de los mundos.
Los ángeles custodios.

Las pequeñas señoras

En la tierra del teixo y el carballo, cuando los plenilunios establecen su feudo junto a la identidad de las leyendas, salen a sumergirse en la llovizna blanca.
Son frágiles, virtuosas.
La voz que impera sobre los silencios las nombró protectoras de los débiles. Ancianos sin refugio, niños que se extravían en el sueño, jóvenes que deambulan por los largos senderos de las sombras.
Tienen los ojos verdes, transparentes.
Como la reina de las mariposas. Como la dama de la desmemoria. La que fundó los signos tatuados en tus pieles.
Siempre visten con sedas y encajes color plata.
Habitan en las cuevas cercanas a las fuentes. Se complacen jugando entre la espuma que provoca el oleaje. Mientras se mece. Mientras se columpia en perfiles de juncos y guijarros.
Los antiguos señores, los que nunca cantaban, las bautizaron xanas.
Con el huso y la rueca hilan día tras día sus madejas doradas. Misteriosos ovillos de un tesoro que extraen desde el núcleo terrestre.
Si estrenas el asombro, la mañana del día de San Juan es posible que puedas encontrar sus señales. El eco de un suspiro olvidado en los pastos. Mínimos filamentos caídos de sus manos.
No debes confundirlas con el sol que amanece sobre los carballares.

Hijos de las gorgonas.

Nacieron de las gotas que brotaron del cuello cercenado a las gorgonas. Mujeres con cabellos de serpientes que habitaron en la era de las sombras.
Los llaman basiliscos.
En territorios de la reina negra la sola presunción de su presencia inicia la agonía de los árboles. Degrada las cortezas. Resquebraja peñascos. Proscribe manantiales.
Tienen cuerpo de víbora o serpiente, cuatro pares de patas y una protuberancia en la cabeza semejante a una cresta, una corona.
Aquellos de plumaje amarillento, los de las grandes alas espinosas, son los inmemoriales. Los primitivos dueños del secreto. Los ancestros de todos los reptiles. Los que extirpan la vida con sus ojos sin párpados.
Fundan sus escondrijos en las grietas, rincones, oquedades.
Y vigilan. Vigilan. Para poder odiarte.
Cuentan que sus embriones se incuban bajo vientres de batracios. Que queman con el fuego de su aliento el sitio donde nacen. Que ocultan el veneno en la mirada. Que clavan sus colmillos en los sueños. Que aspiran la energía de todas las especies. Y que su silbo mata a pájaros y plantas.
Registraron su nombre en los bestiarios cuando aún descifrábamos los códigos de los elementales. Son los mismos que yerman, petrifican, asolan geografías desde el inicio de los tiempos.
Azogues y cristales y láminas de bronce interpuestos delante de sus ojos les devuelven la muerte.

El amo de los bosques

En regiones lejanas, donde la piedra es cuna, cauce, guía por donde fluye el agua. Donde el otoño se desnuda de ocres sobre los arroyuelos. Donde las peñas húmedas visten pieles de musgos nacidas en la noche. Y hasta los mismos árboles cubren con manchas verdes las cortezas que miran hacia el sur.
Allí es donde reside el amo de los bosques.
Por su barba tupida, impenetrable; por sus cabellos hasta la cintura, lo llaman el velloso.
Mira pasar el tiempo sentado en lo profundo del misterio. Entre florestas nuevas. Mientras susurra el río apenas expulsado de la tierra. Mientras crece la espuma entre sus laberintos. Mientras susurra el viento junto a las ramas bajas.
Lleva en las manos un cayado de arce.
Es más alto que el grueso de los hombres. Más ágil que el venado o la corzuela. Más fuerte que las rocas.
Salta de risco en risco con sus patas de cabra ahuyentando a los lobos y rastreando en el viento el arrebato que precede a aguaceros y tormentas.
Cuando la niebla emerge del barranco. Si flota sobre el mundo como una manta espesa. Si oculta a las miradas los caminos. Su vigilia sin pausa protege a los pastores y al rebaño.
La niña del silencio lo nombraba Gaueko.

Dueñas de los secretos

Antiguamente las llamaban brujas.
Habitan en casonas misteriosas donde reinan murciélagos y olvidos.
Los árboles perecen en los alrededores de sus feudos. Y elevan a los cielos el ramaje desnudo. Y ruegan por la suerte de sus almas.
Las sombras desdibujan los bordes de techumbres afiladas y una bruma sin forma se filtra en los rincones como la esencia misma del misterio.
Justo a la medianoche ellas comienzan el ritual del canto. Deliran con la furia de los fuegos. Revuelven los calderos nauseabundos donde cuecen secretos, fundan agüeyamientos, maleficios, venenos.
Conocen el valor de las palabras y perciben las huellas del futuro en cada ebullición, en cada hervor del unto.
Siempre danzan desnudas a la luz de la luna. Establecen ungüentos y brebajes. Tratan con el demonio. Y conciben garduñas. Y conciben arpías. Y conciben chacales.
En tiempos de conjuros y de hogueras; de sayos amarillos y expiaciones; de suplicios, condenas y cadalsos; de desconfianzas y desasosiego, la historia cuenta que robaban niños para sus aquelarres, en la última noche de todos los abriles.
Pero jamás a aquellos que usan salvoconductos para cruzar el sueño.
Es un escapulario. Un saco diminuto conservando la esencia de un gramo de romero, tomillo, perejil y hierba buena. Pero su magia es sólida. Es eterna.

Los centauros.

Donde un filo de piedras abisma la distancia, donde la roca precipita sombras como quien elimina la ternura y la nieve tapiza los picos escabrosos, habitan en manadas.
Su madre fue una nube con forma de mujer. Su padre el rey de toda la Tesalia.
Son violentos, cerriles, impetuosos.
Desconocen modales y mesura. Destrozan con sus cascos las praderas silvestres mientras baten el parche de la tierra, a galope tendido, en búsqueda del agua, de mujeres, de pleitos, embriagueces, horizontes. En busca de batallas.
Aman beber el mosto nacido de las uvas que pisan las doncellas en secretos lagares. Y celebran los días del instinto con toda la locura de su sangre.
Nervudos, vigorosos, su identidad equina caracolea sobre los peñascos.
Tallada está en sus músculos la crispación del arco, la lanza que se impulsa en el vacío, la práctica severa que precede al combate. Tallada está en sus músculos la furia. Pura fibra y potencia. Puro brío. Puro impulso febril. Pura arrogancia.
Se alimentan de carne sin cocciones. Se aturden con el vino. Se emborrachan. Nutridos de barbarie y salvajismo. Siguiendo los atávicos mandatos que les dicta el furor de su linaje.
Si aguzas los sentidos quizás puedas oírlos golpeando los tabales de la tierra con el ritmo feroz de sus pezuñas. Dilatados al viento los ollares. Extendidas las largas cabelleras. Las pupilas atentas a intrigas y emboscadas.
Son ellos, los centauros.

Los dragones de fuego

Cuando el fragor del cielo iluminó la noche, cuando la sombra abandonó el reinado y el hombre aún no surgía de la esencia del barro, sus alas primordiales surcaron el vacío.
Mientras la roca humeaba todavía. Mientras secas pupilas vigilaban la tierra apenas concebida con esperma de oleajes.
Rojas escamas rojas de hierro impenetrable sobre su piel de escamas. La soledad del trueno cincelando espejismos en la esencia del aire. Y un perfil de membranas sin sosiego cubriendo la quietud de las arenas. Con tramado de firmes venaciones, de ardientes nervaduras. Ramajes en suspenso por donde corre el río de su sangre.
Los dragones de fuego.
Pueden dormir dos siglos y despertar un día con hambre de raíces de ygdracilles, de olivos o de fresnos. Pueden dormir dos siglos. Tan largos son los días de su vida.
Se recluyen en hondas cavidades con los fantasmas de sus pensamientos. Y esa costumbre los transforma en sabios, en leyentes de huellas dejadas por los pájaros. Oráculos. Augures. Nigromantes. Desvelados profetas. Pero los encadena a los rituales que dominan las lunas y el destino.
Ejercen la custodia en esas coordenadas donde el cielo va pariendo descalzos horizontes. Señores de los mundos paralelos. De la magia y el nombre que la nombra. De los solsticios y de la paciencia.
Aguardan que los dioses destruyan el imperio de la muerte.
Piden un mundo nuevo.

Patronas de los robles.

Guardan un asombroso parecido con la estirpe genuina de los elfos.
Solsticios y equinoccios nacen de sus audaces cabelleras. La prodigalidad de los estíos verdificando sueños. O esa fugacidad de la blancura cuando se desbarrancan los inviernos sobre las arboledas. O el ocre amarillento de las hojas errando por la piel de los otoños.
Junto al amanecer y las mareas recibieron el don de la palabra. Comprenden el aullido de los vientos que se desgarran por los olivares. Las voces que crepitan las maderas de los fresnos vencidos. Los feéricos dialectos invisibles enhebrando susurros al ocaso. Y hasta cada oración de la resina mientras viaja hacia el ámbar.
¿Escuchas la cautela de sus pasos danzando en la espesura?
Son las ninfas que moran en los alrededores del santuario. En el círculo exacto de la magia. En las inaccesibles catedrales que custodian los tiempos del milagro. Nemetones perdidos en la hondura. Altares consagrados a los dioses donde se inmolan todas las verbenas, sacoles y selagos.
Con muérdago robado a las encinas entretejen guirnaldas que las coronan reinas de los bosques. Patronas de los robles. Señoras de la savia.
Los primitivos las llamaron dríadas.
En sus ojos de hortensias y glicinas se funda la belleza de la tarde.

Las que habitan el aire

Las sílfides son hadas de la altura. Espíritus del aire. Tienen la distinción de las libélulas. De errantes mariposas.
La perenne textura de sus alas las eleva como una llamarada por los senderos de las siemprevivas. Trepan como fragancia de magnolias o plegarias de blancas azucenas o cánticos de calas obstinadas bajo la fluorescencia de la luna.
Un enigma de siglos esboza a sus espaldas los códices precisos de la vida. Por eso es que a su paso maduran aleluyas. Y se nombran los nombres primordiales. Y estallan melodías. Y los amaneceres se tornan imperiosos, necesarios.
Dominan los idiomas ancestrales. El de los magos. El de las elfinas. El de los seres feéricos.
Y construyen sus nidos en cada promontorio, ladera de montaña, oquedades de antiguas serranías. Siempre lejos de todos los humanos. Siempre lejos de todo. Siempre lejos.
Eternamente jóvenes, no conocen los días de la muerte.
Un día después de su primer milenio se envuelven en los velos de la ausencia. Evolucionan hacia los silencios. Hacia la desmesura de la escarcha. Hacia los horizontes de la noche. Cierran sus ojos largamente verdes. Y nunca más regresan.
Aunque a veces horadan la piel de los espejos y dejan que la sangre de su sangre adivine sus huellas.
¿Las has visto, Morena?

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Acerca de la autora

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Biobibliografía

Nació el 5 de Junio de 1945 en la ciudad de Santa Fe, República Argentina, su lugar de residencia.

Libros publicados: * Más allá de las máscaras (Poesía-Santa Fe,1989); * El vuelo inhabitado (Poesía-Santa Fe,1990-* Premio Edición en el Certamen Regional Rosalina Fernandez de Peiroten-Asociación Santafesina de Escritores-Santa Fe-Argentina); * Habitantes del paisaje-Capítulo: Mi voz a la deriva (Poesía-Santa Fe,1ª Ed.1990/2ª Ed.1991); * Tiempo de duendes (Poesía-Santa Fe,1991); * El amor sin mordazas (Poesía-Seuba Ediciones-Barcelona,1992- * Premio Edición en el Certamen Internacional Villa de Martorell-Barcelona-España; 2ª Ed.Santa Fe,1994-3ª Ed.México,2004); * Crónica de las huellas (Poesía-Vinciguerra,2000- * Premio Alicia Moreau de Justo; 2ª Ed.México,2004); * Un muelle en la nostalgia (Poesía-2001); * A espaldas del silencio (Poesía-2002); * Desde otras voces (Poesía-Linajes Editores-México,2004-Santa Fe,2005); * La memoria encendida (Poesía-Santa Fe,2004); * Pese a todo (CD-Poesía al alimón, en co-autoría con Silvia Delgado Fuentes-2004); * A solas con la sombra (Poesía-2005-Editorial Alebrijes-E-books), * Bitácora del viento (Poesía-2006-Editorial Alebrijes-E-books); * Historias para Tiago (Narrativa-2007-Editorial Alebrijes-E-books); * En nombre de sus nombres (Poesía-2008-Editorial Alebrijes-E-books); * Réquiem por los pájaros (Narrativa-2010-Editorial Alebrijes-E-books; * Los mundos de Morena (Narrativa-2010-Editorial Alebrijes-E-books)

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